
El grupo permanece en su linea: esa extraña mezcla de soul y punk con sabor a
garage quinceañero que los hace tan identificables. Su cuarto álbum,
Blood Pressures, es, sin embargo, más desnudo y minimalista que los anteriores. Y no es lo único que suena desnudo, la voz de
Alison Mosshart acaricia salvaje y sexualmente los sentidos. Salvajes lo fueron desde '
Keep on your mean side', pero ¿sexuales? Nunca tanto. Prácticamente se respira la excitación carnal al escuchar
DNA, y
Satellite arrastra a una especie de orgasmo ahogado, asfixiante, primitivo. Como joya del disco, recordando al
Black Balloon de
Midnight Boom:
The last goodbye. Anacrónica, aislada, aparentemente incoherente y, sin embargo, hay algo que la enlaza al resto a pesar de su melodía de piano, su espíritu de cine clásico y la voz nada quebrada de Alison: la sexualidad. Esta vez lenta, de despedida, de la madurez que el sonido del grupo ha alcanzado. Volver a lo más simple, para impresionar. Así ha decidio actuar The Kills y, desde luego, ha sido un acierto. Ya no recurren tanto a los ritmos sincopados ni a las prisas que evitaban, en algunos momentos, evitar pensar en el conjunto de sus temas. El nuevo álbum evoluciona lentamente y se pueden escuchar nuevas facetas del guitarrista británico
Jamie Hince, más oscuras y con ecos que suenan a The Clash puesto a cámara lenta, apreciable, sobre todo, en
Heart is beating drum y
You don't own the road. Y para oirle cantar, se atreve a hacer un pequeño intento con
Wild Charms, un minuto y quince segundos de respiro entre tanto ajetreo instrumental.
En resumen y, sin duda, uno de los discos más recomendables de este abril.
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